E35: Recalculando
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Hay una palabra que escuchamos miles de veces en nuestra vida y a la que quizá nunca le hemos prestado demasiada atención.
Recalculando.
La escuchamos en el coche, en el móvil, en el navegador.
Sales de casa, introduces una dirección, el GPS te marca una ruta y empiezas a conducir.
Todo parece claro.
Pero de repente te equivocas.
Te pasas una salida.
Giras donde no debías.
Tomas una calle equivocada.
Y entonces ocurre algo curioso.
El GPS no te grita.
No te dice que eres un inútil.
No te recuerda todos los errores que cometiste la semana pasada.
No te pregunta cómo has podido equivocarte otra vez.
Simplemente dice:
"Recalculando".
Y busca una nueva ruta.
Nada más.
Aunque te equivoques 20 veces seguidas, siempre te dirá, recalculando.
Y, sin embargo, nosotros muchas veces hacemos justo lo contrario con nosotros mismos.
Cometemos un error y nos castigamos.
Tomamos una mala decisión y nos insultamos por dentro.
Fallamos en algo y empezamos a repetirnos frases que jamás le diríamos a alguien que queremos.
Qué curioso.
Porque muchas veces nos tratamos peor de lo que nos trata un simple GPS.
La semana pasada hablábamos de que la vida no viene con manual de instrucciones.
Y si eso es cierto para cualquier persona, para quien emprende es todavía más cierto.
Porque cuando emprendes no hay un mapa definitivo.
No existe una guía universal que funcione para todos.
Preguntas a diez personas y recibes diez respuestas diferentes.
Uno te dice que hagas una cosa.
Otro te dice exactamente la contraria.
Uno asegura que tienes que crecer rápido.
Otro que tienes que ir despacio.
Uno te dice que delegues.
Otro que lo controles todo.
Uno te habla de redes sociales.
Otro de publicidad.
Otro de marca personal.
Otro de automatizaciones.
Y al final te das cuenta de que muchas veces el problema no es que alguien esté equivocado.
Es que no todas las rutas sirven para todos los conductores.
Cada persona tiene una forma distinta de ser.
Una manera diferente de trabajar.
Unas circunstancias diferentes.
Y por eso es inevitable equivocarse.
Es parte del proceso.
Yo llevo aproximadamente veinte años emprendiendo.
Y si algo he aprendido es que he cometido muchísimos errores.
Muchos más de los que imaginaba cuando empecé.
He tomado decisiones buenas.
Y otras que vistas con el tiempo no volvería a tomar.
He invertido tiempo donde no debía.
He confiado en personas equivocadas.
He probado herramientas que no funcionaron.
He iniciado proyectos que luego cambiaron de dirección.
Y también he tenido ideas que parecían malas y terminaron funcionando.
Pero hay algo que he descubierto con los años.
Cada error te deja algo.
Cada equivocación te enseña una lección.
Cada caída te aporta experiencia.
Y esa experiencia es un patrimonio que nadie puede quitarte.
Cuando eres joven crees que la sabiduría consiste en no equivocarse.
Con el tiempo descubres que la sabiduría consiste en aprender cada vez más rápido de los errores.
Porque equivocarse no es el problema.
El problema es equivocarse y no aprender nada.
El problema es quedarse paralizado.
El problema es permanecer caído.
Caerse es normal.
Todos nos caemos.
Todos.
Da igual el éxito que tenga una persona.
Da igual los años de experiencia.
Da igual lo inteligente que parezca.
Todos se equivocan.
Todos fallan.
Todos tienen momentos en los que se preguntan si están haciendo lo correcto.
La diferencia no suele estar en quién cae.
La diferencia está en quién se levanta.
Porque la vida no premia a los que nunca se equivocan.
La vida suele premiar a quienes siguen caminando después de equivocarse.
A quienes vuelven a intentarlo.
A quienes son capaces de decir:
"Vale, esto no ha salido como esperaba. ¿Qué puedo aprender de aquí?"
Y entonces vuelven a ponerse en marcha.
Como el GPS.
Recalculando.
Sin dramas.
Sin insultos.
Sin etiquetas.
Sin convertir un error en una sentencia permanente.
Porque una decisión equivocada no te convierte en una persona equivocada.
Un fracaso no te convierte en un fracasado.
Un tropiezo no define tu valor.
Simplemente significa que estás recorriendo el camino.
Y quien recorre caminos, tarde o temprano, se equivoca de salida.
Por eso hoy me gustaría dejarte una reflexión muy sencilla.
La próxima vez que te equivoques, pregúntate algo.
¿Me estoy hablando como me hablaría el GPS?
¿O me estoy hablando mucho peor?
Porque las palabras que usamos con nosotros mismos importan.
Importan más de lo que creemos.
Son las únicas que escuchamos todos los días.
Y si tenemos que convivir toda la vida con alguien, ese alguien somos nosotros.
Así que hagamos un trato.
Permitámonos equivocarnos.
Permitámonos aprender.
Permitámonos caer cuando sea necesario.
Pero nunca nos quedemos en el suelo.
Y sobre todo, nunca nos tratemos peor de lo que nos trataría una simple voz de navegador.
Porque quizá la frase más inteligente que podemos decirnos cuando algo sale mal no es un reproche.
Quizá sea simplemente:
Recalculando.
Y continuamos el viaje.