E39: La fortaleza silenciosa
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Hay momentos en la vida en los que sentimos que ya no podemos más.
Momentos en los que todo parece ir cuesta arriba. En los que las fuerzas se agotan, los planes se desmoronan y las respuestas no llegan.
Y, sin embargo, seguimos.
No porque no duela.
No porque no tengamos miedo.
Sino porque, sencillamente, no nos queda otra opción.
En Japón existe una palabra para describir esa forma de afrontar la vida.
Una palabra que no tiene una traducción exacta al español, pero que encierra una filosofía que lleva siglos acompañando a millones de personas.
Esa palabra es Gaman.
Y hoy quiero hablarte de ella.
Porque quizá, sin saberlo, tú también la has practicado alguna vez.
La palabra Gaman podría traducirse como soportar, resistir o perseverar.
Pero sería quedarse muy corto.
Para los japoneses, Gaman significa soportar las dificultades con paciencia, con dignidad y con autocontrol.
No dejar que el sufrimiento nos convierta en alguien peor.
No perder el respeto hacia los demás aunque por dentro todo se esté desmoronando.
No reaccionar impulsivamente cuando la vida nos pone contra las cuerdas.
Es una fortaleza silenciosa.
De esas que apenas hacen ruido.
Vivimos en una sociedad donde muchas veces se premia al que más habla, al que más presume o al que más ruido hace.
Pero el Gaman nos recuerda que algunas de las mayores muestras de fortaleza son invisibles.
Quizá uno de los momentos en los que el mundo entero descubrió el significado de esta palabra fue el 11 de marzo de 2011.
Aquel día, un terremoto de magnitud 9 sacudió Japón.
Pocos minutos después llegó un tsunami que arrasó ciudades enteras.
Miles de personas perdieron la vida.
Cientos de miles lo perdieron prácticamente todo.
Sus casas.
Sus recuerdos.
Sus negocios.
Su forma de vida.
Las imágenes dieron la vuelta al mundo.
Pero hubo algo que llamó especialmente la atención.
No fueron solo los edificios destruidos.
Ni las olas gigantes.
Lo que sorprendió fue la actitud de la gente.
Las largas colas esperando comida.
Personas aguardando durante horas sin empujones.
Vecinos ayudándose unos a otros.
Nadie intentando aprovecharse del caos.
Mientras muchos periodistas buscaban escenas de violencia o desesperación, encontraron otra cosa.
Encontraron calma.
Respeto.
Paciencia.
Y una palabra empezó a repetirse en muchos reportajes.
Gaman.
No porque aquellas personas no estuvieran sufriendo.
Claro que sufrían.
Habían perdido familiares.
Habían perdido hogares.
Habían perdido una parte de su vida.
Pero eligieron atravesar aquel dolor sin perder la dignidad.
Y quizá eso sea lo más difícil.
Porque resistir cuando todo va bien es sencillo.
Lo complicado es hacerlo cuando el mundo parece venirse abajo.
Si lo piensas, todos vivimos nuestros propios terremotos.
No hacen falta edificios cayéndose.
A veces basta una llamada inesperada.
Un despido.
Una enfermedad.
Una ruptura.
Un proyecto que no sale adelante.
Una decepción.
O simplemente esos días en los que sentimos que estamos dando todo de nosotros y aun así nada parece funcionar.
En esos momentos solemos hacernos una pregunta.
“¿Por qué me está pasando esto?”
Pero el Gaman propone otra diferente.
“¿Cómo quiero atravesar esto?”
Porque hay cosas que no podemos controlar.
No elegimos muchas de las dificultades que aparecen en nuestro camino.
Pero sí podemos elegir la actitud con la que las enfrentamos.
Y esa decisión cambia por completo nuestra manera de vivirlas.
Ahora bien…
Hay algo importante que me gustaría aclarar.
Porque a veces estas filosofías pueden malinterpretarse.
Gaman no significa callarse siempre.
No significa tragarse el dolor.
No significa fingir que todo va bien.
Y mucho menos significa que pedir ayuda sea una debilidad.
De hecho, reconocer que uno necesita apoyo también requiere una enorme valentía.
Hay momentos para resistir.
Y hay momentos para dejar que alguien nos sostenga.
Las dos cosas pueden convivir.
Las dos son formas de fortaleza.
Porque ser fuerte no consiste en no romperse nunca.
Consiste en reconstruirse las veces que haga falta.
Quizá todos conocemos a alguien que practica el Gaman sin saberlo.
Ese padre o esa madre que sigue adelante por su familia aunque esté agotado.
Ese abuelo que sonríe mientras carga con dolores que nunca menciona.
Ese amigo que lleva meses luchando contra un problema y, aun así, siempre encuentra tiempo para preguntar cómo estás.
O quizá esa persona eres tú.
Y nadie lo sabe.
Porque muchas de las batallas más importantes no dejan cicatrices visibles.
Vivimos buscando soluciones rápidas.
Resultados inmediatos.
Gratificación instantánea.
Queremos que todo cambie hoy.
Pero la vida rara vez funciona así.
Algunas tormentas solo pueden atravesarse caminando.
Paso a paso.
Sin atajos.
Con paciencia.
Con esperanza.
Y con la confianza de que, aunque ahora no podamos verlo, llegará un momento en el que volverá a salir el sol.
Me gusta pensar que el Gaman no consiste en resistir porque sí.
Consiste en proteger aquello que somos mientras atravesamos la dificultad.
Que el dolor no nos robe la bondad.
Que los problemas no nos hagan perder la empatía.
Que los fracasos no nos conviertan en personas amargadas.
Porque cualquiera puede seguir respirando.
Pero seguir siendo buena persona cuando la vida aprieta…
Eso ya requiere otro tipo de fuerza.
Hoy, cuando termine este episodio, quizá puedas hacerte una pregunta muy sencilla.
¿Qué dificultad estoy atravesando en este momento?
Y después otra.
¿Cómo quiero vivirla?
No para sufrir en silencio.
No para demostrarle nada a nadie.
Sino para recordar que, incluso en los días más oscuros, seguimos teniendo la capacidad de elegir quién queremos ser.
Porque quizá la verdadera fortaleza no sea evitar las tormentas.
Ni siquiera salir ileso de ellas.
Quizá la verdadera fortaleza sea conservar la calma.
La dignidad.
La esperanza.
Y seguir caminando, un paso detrás de otro, hasta que el horizonte vuelva a despejarse.
Y eso…
Hace siglos que en Japón tiene un nombre.
Gaman.